jueves, 16 de junio de 2011

San Luis Potosí-Zacatecas. Lunes 6 de junio, 2011


Kilómetros recorridos: 1002.

La mañana del lunes 6 empieza muy temprano y con mucha energía en los caravaneros. Hago énfasis en la necesidad de energía: el inicio de la semana comienza con un apretadísimo programa que abarca tres estados: la Minera San Xavier en San Luis Potosí, la ciudad de Zacatecas y el estado de Durango. Yayo junto a la flauta de Sergio, un regiomontano de sesenta y un años que todavía conserva el ímpetu de la juventud y los jaraneros, aprovechan la breve sobremesa del desayuno para contagiarnos de buena vibra con música y canto.

Pero la algarabía colectiva se torna rápidamente en tensión y preocupación una vez que la caravana aborda los autobuses. La noche del domingo anterior, al mismo tiempo que Javier y Julián hablaban del no-odio en la Plaza del Carmen de SLP, cinco patrullas de la Policía Federal irrumpían ilegalmente en el Centro de Derechos Humanos Paso del Norte, en Ciudad Juárez, dirigido por el respetabilísimo sacerdote Oscar Enríquez. Los federales rompieron los candados de las oficinas del centro de derechos humanos, revisaron y vandalizaron bases de datos y expedientes de casos que gestiona la organización. Se trataba de una clara señal de amedrentamiento por parte del gobierno federal en contra la caravana.

A las 930 de la mañana la caravana llega a la Minera San Xavier. La Minera, cabe mencionar, es un complejo de devastación subsidiado por la empresa canadiense New Gold, que opera impunemente en lo que queda el cerro de San Pedro, a pesar de las órdenes de suspensión emitidas en su contra por autoridades ambientales mexicanas. Esto no es todo: la Minera San Xavier explota el oro y la plata a través del sistema conocido como tajo a cielo abierto y lixiviación a montones, que emplea toneladas de material explosivo para tumbar el cerro, y que se encuentra prohibido en varios países por su alta capacidad contaminante. A la fecha, y después de más 10 años de litigios ante instancias estatales y federales, el saqueo prevalece.

El Frente Amplio Opositor a la minera toma la tribuna, a la vez que los caravaneros y adherentes realizamos el cordón humano a manera de clausura simbólica de la mina; por doquier se gritan consignas y mueras al complejo minero. Javier Sicilia, visiblemente alterado, da prioridad a la amenaza y exige a Felipe Calderón que esclarezca la irrupción de los federales en Paso del Norte: “¿qué quieren hacer ahora, nos van acabar de matar?”, vocifera el escritor. El acto es muy breve, hay que volver a los autobuses.

Andando ya sobre el camino, los caravaneros discutimos sobre la forma y el fondo de la postura que se debe asumir ante lo ocurrido en Paso del Norte. Pietro Ameglio insiste en que la caravana debe hacer dos cosas: primera, dar “la vuelta de tuerca” a este acto de intimidación y sacar provecho mediáticamente de él y, segunda, no caer en provocaciones por parte de las autoridades federales. A partir de ese momento, deberemos mantener más distancia aun de la presencia policiaca que protege a la caravana. Dentro del autobús número 1 se redacta la carta que Sicilia leería más tarde en la Plaza de Armas de Zacatecas; la carta, a pesar del lenguaje duro de protesta que contiene, no es “rasurada” en lo más mínimo por Javier.

El recorrido continúa. En la última parada previa a la ciudad de Zacatecas se comete una imprudencia inaudita. La chiapaneca Concepción Avendaño, hija del luchador social Amado Avendaño, propone mandar un mensaje a las autoridades y a los medios en respuesta al agravio del centro de derechos humanos juarense: formar un cerco humano alrededor de una patrulla de la policía estatal de Zacatecas y constreñirlo poco a poco hasta una distancia lo suficientemente corta del oficial policiaco.

Increíblemente, el círculo de escritores cercanos a Javier y el propio poeta consienten en llevar a cabo la desaforada iniciativa. La respuesta era previsible, el uniformado no sabe cómo reaccionar ante el acto. Nervioso, intenta localizar por radio a su superior para notificar la situación y recibir instrucciones. Al no haber pronta respuesta, el oficial solo atina a apuntar con el rifle a diestra y siniestra. Es obvio que la situación se está saliendo de control. Eduardo, uno de los caraveneros cercanos a Sicilia, le pide a este último que “haga algo” para calmar los ánimos. Javier resuelve acercarse al policía y desembarazarse de la situación dándole un abrazo (“¡El pueblo¡ ¡Uniformado¡¡También es explotado!”, reza una consigna). Los poetas también se equivocan.

Arribo de la caravana a Zacatecas. Es la primera vez que la multitud, muchos jóvenes entre ella, se une espontáneamente a la marcha sobre avenida González Ortega a la altura del monumento conocido como “El Caballito”. La columna hace una parada frente a la entrada de la exquisita Catedral de Zacatecas, con la fina hojarasca de su fachada. Metros más adelante, sobre la plaza principal, el templete se halla preparado para la sesión de dolor y rabia de las víctimas de la llamada guerra contra el narcotráfico.

Más y más víctimas como Eleazar Romero, de Villanueva Zacatecas, quien lleva desaparecido tres meses sin ninguna respuesta por parte de la procuraduría del estado. Edgar Quesada Castillo, policía municipal de Calera, Zacatecas (!), desparecido no solo físicamente, sino también desaparecido de los libros de trabajo de la corporación policiaca a la que pertenecía para evitar que se siguiera indagando su paradero. Y qué decir del secuestro de Juan Carlos Guardado, expresidente municipal de Fresnillo; el rescate ya se pagó pero el plagiado no aparece. En la tierra natal de Ramón López Velarde suceden cosas “muy gordas”, como dice el malagueño Raúl, periodista freelancer que cubrió la caravana y que residió varios meses en la capital zacatecana. Cosas gordas como una balacera en medio de una presentación de la pasada edición del Festival Cultural de Zacatecas y de la cual ningún medio local ni nacional reportó nada.

En el estrado, Julián LeBarón nos invita a cultivar en cada uno de nosotros la capacidad de indignarnos cuando una sola persona –una- es asesinada. Necesitamos indignarnos lo suficiente, arguye, para al menos saber la verdad, y remata: “necesitamos sentir suficiente amor propio y amor por nuestros prójimos para que nos importen los muertos”. Sigue el turno de “La Defensa de la Suave Patria, Declaración de Zacatecas”, la carta redactada por los caravaneros en boca de Sicilia.

Iracundo, Javier cuestiona: “¿qué busca Felipe Calderón en el Centro de Derechos Humanos Paso del Norte?” “¿Los expedientes del horror en Juárez? ¿Los saldos de su estúpida guerra?” El líder del movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad hace responsables al gobierno federal y a su titular de cualquier daño que pudieran sufrir los caravaneros y los comités de recepción locales en las diferentes entidades. El padre Juan Francisco redondea sus palabras con la frase que sería el denominador común en todas sus declaraciones públicas: “que el dolor no sirva para engendrar el odio, sino para construir la paz”.

Terminada la arenga, una de las maestras de ceremonia del acto invita a los congregados a entonar el himno nacional mexicano. Javier, sosteniendo la bandera blanca, no lo consiente, “mejor guardemos un minuto de silencio por las víctimas…”, “ya no queremos un himno guerrero…”, “no queremos más ‘ un soldado en cada hijo te dio’, queremos una vida digna en cada hijo”.

Con el sol cayendo a plomo a las 4 de la tarde, los caravaneros trepan en los camiones para la siguiente parada, el primer vértice del triángulo dorado de la droga: Durango.

lunes, 13 de junio de 2011

Morelia-San Luis Potosí. Domingo 5 de junio, 2011


Kilómetros recorridos: 798

Terminado el mítin la noche del sábado en Morelia, y después de un tibio inicio en la primera parada de la caravana, los participantes fuimos agasajados con la presentación de un performance de música y rituales purhépechas. Al son de los atabales, un grupo de jóvenes danzantes ejecutaron un juego de pelota que de manera muy peculiar simula una batalla cósmica entre el sol y la luna. Se trataba de una especie hockey sobre tierra pero con un “puck” en llamas. La penumbra del lugar fraguaba una fascinante mezcla entre lo auditivo y lo visual: a un tiempo suenan los golpes de los palos y el rodar de fuego de la pelota junto al embelesamiento producido por las estelas trepidantes de un verdadero astro en miniatura.

A dormir.

El segundo día de la caravana comienza con una fría ducha en los baños del gimnasio auditorio de la sección 18 del SNTE, y con la conmemoración de un aniversario luctuoso: el domingo pasado se cumplieron dos años del asesinato de 49 niños en la guardería ABC, en Hermosillo, Sonora; un clavo de impunidad más en la cruz de los mexicanos. Nuevamente el tiempo está apremiando. Pero antes de zarpar, hay que elaborar nuestro propio almuerzo: tortas y burritos comenzarían a perfilarse como los inexcusables compañeros de todo el viaje. Entre veinte o treinta, se le da montón a la no menor tarea de alimentar un regimiento de casi 500 caravaneros. A la hora de la parada intermedia, casi nadie dice grandes comentarios sobre el menú, pero tampoco se escuchan quejas.

En Irapuato es el refrigerio. Los viajeros acompañamos las tortas y burritos -hechos con ingrendientes enlatados- con las legendarias y deliciosas fresas de Irapuato. Después de la comilona, y en presencia de los mal encarados policías federales, se improvisa un pequeño escenario sobre el terregal donde Yayo, el payaso de la caravana, nos anima con un divertido número.

San Luis Potosí, el estado que aparece simbolizado en los mapas mexicanos con un nopal, es la primera entidad propiamente norteña que la caravana visitará. Colinda con más estados que ninguno otro en la república –siete- pero eso no lo hace menos conservador. Por su parte, la capital homónima ciertamente cuenta una identidad bastante arraigada: en San Luis todo es potosino, las enchiladas, el instituto de jóvenes, la feria y hasta la central camionera.

Reanudado el trayecto, todavía cruzando el estado de Guanajato, en el autobús 1 nos ponemos teóricos. Tere, la señora de Cancún que perdió a su hijo, nos lee en el micrófono unas líneas del infaltable Eduardo Galeano. Silvana y Jessica, dos inquietas universitarias de la Facultad de Filosofía de la UNAM, se bajaron de la caravana en Morelia, pero nos dejaron de tarea un material videográfico recién terminado que habla sobre la violencia en México y pequeñas claves de cómo combatirla. Las jóvenes estaban muy preocupadas por el recibimiento del material al interior del grupo, más aún por el hecho de que Pietro Ameglio, una de las cabezas más visibles del movimiento por la paz y pasajero del autobús 1, es profesor de ambas en la carrera. El video nos daría pauta para futuras discusiones.

El odómetro sigue su marcha y el cambio de la geografía física se ha cada vez más notorio. Las inmediaciones de Guayangareo, todavía arboladas, han quedado atrás para dar paso a una vegetación de matorrales y pasto seco. Regados sobre pequeños valles, aparecen en la nueva geografía minúsculos pueblos, caseríos dispersos de unos cuantos cientos de habitantes, quizá decenas, que conforman lo que podríamos llamar “el México de doble fondo”, como el compartimento de los tráilers donde viajan hacinados los migrantes centroamericanos, que nadie ve. La Fragua, El Patolito –homólogos del misérrimo San Pedro de los Saguaros, de la película “La Ley de Herodes”-, son nombres de lugares que difícilmente aparecerían en Google Maps. ¿Qué pasaría si un día la caravana tocara a la puerta de ese México de doble fondo? ¿Cómo nos verían?

Casi cinco horas después de Irapuato, aparece al fin la hermosa ciudad colonial que lleva por nombre el de una vastísima mina de la meridional Bolivia. Al igual que en el sur del continente, San Luis también tuvo sus años de bonanza en la Nueva España. Pero los mexicanos no sabemos mucho de historia: el Potosí mexicano todavía tiene mucho que regalar los intereses extranjeros.

La marcha en San Luis es mucho más corta en distancia y menos organizada aún que la de Morelia. Tan solo un par de cuadras y los caravaneros aparecemos a un costado del Teatro La Paz, en un pequeño rincón de la Plaza del Carmen, donde se congregan unas cuantas decenas de adherentes locales. El mitín, curiosamente, comienza con cifras. Potosí es una de las entidades con mayor proporción de pobres: 53% del total estatal. Por otro lado, en esta guerra estúpida donde el ejército es el principal de los actores, San Luis solo cuenta con 800 soldados destacamentados (leyeron bien, 800 soldados). Me pregunto, ¿qué opinarán los potosinos sobre la desmilitarización del país?

Vuelve la retahíla de los agravios a los oídos de la caravana. Tímidos aún, pues las denuncias no son presentadas por las propias víctimas, sino a través del comité organizador, surgen los testimonios de al menos dos secuestros que son achacados al entonces candidato a la gubernatura de San Luis, el actual gobernador priísta, Fernando Toranzo. La bulla de la gente confirma la percepción de los potosinos sobre la posible responsabilidad del mandatario.

Los que sí hacen presencia, y muy vistosa, son los del pueblo wixarika de Wirikuta. Los huicholes denuncian sin cortapisas la traición de Felipe Calderón, quien en 2008 se vistió a la usanza huichola prometiendo proteger el patrimonio cultural y material de los wixarika, y ahora se desentiende de la concesión otorgada a la minera canadiense First Majestic Silver Corporation para explotar los yacimientos asentados en la Sierra de Catorce, considerada por los indígenas como santuario sagrado. Los wixarika, reclaman, “tenemos el derecho de posesión ancestral” y “nuestra vocación no es la minería, sino el alumbramiento y renovación del corazón del mundo…”, “ por eso nos vestimos de flor , porque cantamos la paz”. Otro compañero huichol, el señor Sebastián de la Cruz, presidente comunitario en Tamasopo, denuncia sus “4 muertitos” que le ha costado el no dejarse del despojo de tierras.

“¡Los asesinos! ¡Están en Los Pinos!”, corean los congregados en la Plaza del Carmen.

Hasta uno de los choferes de la caravana sube al estrado para denunciar su agravio. Un compañero suyo, también operador de autobús, fue asesinado a balazos en Villahermosa, Tabasco, días antes de iniciar la caravana. Los familiares del chofer asesinado en Villahermosa han buscado justicia inúltimente justicia. Las autoridades, con la terrible insensibilidad característica les dijeron a los dolientes: “si quieres protección, págala”. El del testimonio se queja de que muchos paisanos tabasqueños se han refugiado en otros estados y hasta en el extranjero para salvar el pellejo: “¿por qué nos hemos de ir a otro país si este es nuestro país?”, reclama.

Llega el turno de Julián LeBarón. El oriundo de Galena, Chihuahua, reflexiona sobre cómo se gesta la violencia. Julián piensa que los descabezados y las ejecuciones primero fueron gritos y mentadas de madre, y sentencia: “juntos creamos la violencia, o dejamos que exista”. Después le sigue Javier, que nos instruye sobre el significado del consuelo y el papel central que juega en esta caravana. El consuelo, nos dice “es estar con la soledad del otro, es juntar nuestras soledades”. El poeta habla de esa soledad avasalladora que padece quien ha perdido a un hijo, una hermana, un padre.

Entonces el poeta menciona el nombre que para muchas comunidades y ciudades enteras del país se ha vuelto legítimamente impronunciable: el de Felipe Calderón. Inmediatamente surgen los silbidos y abucheos. Javier no lo puede sufrir. Molesto, le reclama a los asistentes: “¿qué no oyeron lo que acaba de decir Julián LeBarón?”, “estamos aquí para cambiar el corazón; la paz no se hace con mentadas de madre”, “sino nos entendemos, entonces, ¿qué hacemos aquí?”. A la izquierda de Javier surge la confrontación iracunda de un sujeto frente al regaño, pero este no alcanza a ser escuchado, y entre el resto de las personas surgen las voces de quienes piden la solución en forma de receta: “tú dános la solución, Javier”. El amor, insiste el escritor, es la única solución posible.

El ambiente tarda varios minutos en distenderse y Sicilia pide 5 minutos de silencio por las víctimas de esta guerra absurda y por los niños muertos en el guardería ABC. Terminado el acto –quizá más desnutrido en número que el de Michoacán-, los potosinos son ahora los que nos honran con un número del taller infantil de danza local y un performance bastante atractivo sobre la desesperación, “Picando cebolla”. Al día siguiente, piedra es lo que habría que seguir picando.

La recepción y la cena tuvieron lugar en el Instituto Potosino de la Juventud. Un grupo de colectivos de jóvenes que fueron los brazos y los pies en la organización de la bienvenida extraordinaria que nos brindaron. El copalero de la caravana, siempre cargando con su bandera del orgullo gay, arma espontáneamente la porra para la cocinera. Ella y los demás chavos se la ganaron a pulso, pues los tamales estaban hechos con amor, y el amor es algo que no se puede ocultar. Esto de la caravana se trata de aprender a amar.

Cuernavaca-Cd. de México-Morelia. Sábado 4 de junio, 2011

Kilómetros recorridos: 430.

En número de trece, los camiones de la Caravana por la Paz con Justicia y Dignidad se llenan poco a poco de simpatizantes, en la ciudad donde todo el movimiento comenzó: la antigua Cuauhnáhuac. El asesinato de Juan Francisco, hijo del escritor Javier Sicilia, junto con 6 personas más fue la chispa que prendió el polvorín de la indignación en el pueblo cuernavacense y en el resto de la sociedad mexicana. Dos marchas previas a esta caravana (Cuernavaca, 6 de abril y Cd. de México, 5 al 8 de mayo) han concentrado la atención de los medios nacionales e internacionales sobre la figura de un poeta que predica el amor, en oposición a la violencia salvaje que padecemos los mexicanos. La ruta que se ha trazado con esta caravana hacia Ciudad Juárez, el epicentro del dolor, como el propio Sicilia la ha rebautizado, se vislumbra como un tortuoso camino de desgracia, sangre y muerte.

Previo al despegue, y sobre el camellón recién remodelado de la avenida Domingo Diez, un grupo de caravaneros protesta vaciando tintura roja en la primera de las veintitantas fuentes con las que el edil de Cuernavaca, el enano de inventiva Manuel Martínez Garrigós, “recupera” burdamente los espacios públicos de la violentada ciudad de la eterna primavera. La ciudad no está para cambios “estéticos”.

El convoy de camiones parte hacia la capital del país con dos horas de retraso. Alrededor de las 11 de la mañana se da la “patada de salida”, al pie del emblemático Ángel de la Independencia, en Av. Paseo de la Reforma. El templete montado para el discurso y los testimonios iniciales se encuentra dando la espalda a la glorieta por excelencia, la de los festejos del equipo “TRIcolor” de fútbol. Más atrás del Ángel se yerguen soberbios los edificios corporativos del banco HSBC, símbolo del desmedido poder financiero. Imagen reveladora. Jose Martí decía: “el pueblo que quiera ser independiente, que lo sea económicamente”.

Sobre la tarima aparecen las figuras que son el rostro de la caravana: Sicilia, Julián LeBarón, Emilio Álvarez Icaza; la prensa está lista para departir en el festín de los flashes. Los símbolos del movimiento hablan y escuchan, pero es una ciudadana de a pie, originaria del pueblo la de San Miguel Topilejo, la que encuentra las palabras de motivación perfectas. Ante las preguntas insidiosas de sus conocidos y amigos: “¿para qué vas a la marcha?”, “¿para qué te arriesgas?”, ella exclama: “más me arriesgo quedándome callada”. Por su parte, desde el comienzo de este largo viaje, la poesía y la palabra se implantan a sí mismas como el común denominador en todos los actos públicos.

El acto en el DF es muy breve. La caravana parte presurosa hacia el otrora llamado Jardín de la Nueva España: Morelia, la antigua Guayangareo, cuna de José Ma. Morelos, siervo de la nación. Antes, Javier y su el círculo más cercano se desandan camino para ofrecer una conferencia de prensa en Toluca, la capital de la entidad que está por celebrar los comicios electorales más disputados y escandalosos en su historia. Se trata de las elecciones que decidirán si México se convierte en la primera república mediática del planeta. La parada era obligatoria.

Sin saberlo, me encuentro a bordo del autobús número 1. Es el camión de las víctimas de esta guerra nefasta, el camión de los daños colaterales, diría tal vez el infame Felipe Calderón. Ahí conoceré, a medida que la cifra en el odómetro se hace más grande, a Olga Reyes Salazar, de la familia de defensores de derechos humanos de Cd. Juárez, que carga la ignominiosa y pesadísima cifra de seis muertos entre ellos. Ahí está también Tere, vecina del municipio de Benito Juárez -¿coincidencia con los Juárez?- en Quintana Roo, mejor conocido como Cancún, a quien le asesinaron a su hijo de 21 años, en la ciudad de México. Olga y Tere no pueden estar solas, ya no estarán solas.

Rayando las 5 de la tarde nos reciben en la sección 18 del Sindicato Nacional de Trabadores de la Educación, a las afueras de Morelia, lo cual no le cae muy bien a más de un caravanero. Sobra decir que el SNTE es un sindicato que goza de muy mala reputación en amplios sectores de la población, por más que existan, aunque dispersas, secciones de la organización en ciertas partes del país con antecedentes de lucha social. Los caravaneros traemos mucha hambre y muchas ganas de gritar. Las expectativas de los participantes de este esfuerzo ciudadano son muy altas.

Comienzan la movilización. Sobre avenida Madero, en el monumento a Lázaro Cárdenas –una extraña especie de semiobelisco- se concentra el contingente. A través del kilómetro y medio recorrido hacia el primer cuadro de la ciudad, donde en 2008 ocurrió el primer atentado terrorista en esta guerra insana, Javier es apenas la figura que logra captar un poco de atención de los habitantes. Es evidente que la mayoría de los morelianos no sabe de qué se trata esta marcha. Las consignas tampoco hacen mucho eco en los curiosos colgados en los balcones o recargados en los semáforos. La columna manifestante llega con la puesta del sol al pie de la catedral de rosa. Empiezan las arengas.

Javier García, líder de la sección 18 del SNTE ofrece la bienvenida oficial a la caravana ante unos 200 simpatizantes. Algunos lo abuchean, otros increpan a los “agitadores” que no simpatizan con el líder y se hacen de palabras. “[los del SNTE] Son unos huevones, no quieren trabajar”, exclamaría un profesor de educación física. Un sombrerudo osa levantar una pancarta que pide trabajo al Lic. Fausto Vallejo, expresidente municipal de Morelia y ahora candidato a gobernador de Michoacán por el partido de los abusadores, el PRI. Los caravaneros le exigen que no empañe un esfuerzo ciudadano como la caravana con propaganda electorera. El campesino desecha la pancarta.

En la tribuna habla Salvador, de la comunidad purhépecha de Cherán, el pueblo asfixiado por los criminales talamontes que no le perdonan a los dignos que sean dignos, que no perdonan a los hombres nacidos de la Tierra que desean preservar sus bosques y vivir en paz. Salvador es participante de la caravana. Aguerrido, no vacila en denunciar las amenazas, los levantones , los secuestros y, por si fuera poco, el desprecio de las autoridades estatales y federales de que él y su comunidad son presas. Michoacán y su gobierno perredista de pseudoizquierda los han dejado morir solos.

Y aparece la primera víctima espontánea. La señora del anonimato, anónima porque decir su nombre no es ni remotamente tan importante como que el mundo entero sepa su desgracia y le ayude a aliviar su dolor. La señora de Pajuacarán tiene 4 hijos desaparecidos. Los desalmados que se los llevaron en diferentes momentos, la han obligado a morir mil veces en ese múltiple sufrimiento; ella moriría mil veces más con tal de encontrar sus hijos. La señora de Pajuacarán decide ese mismo día unirse a la caravana y denunciar su tragedia en cada plaza que visitaremos; una mínima esperanza se abre ante ella frente a la desesperación que la ha puesto al borde del paroxismo.

A un costado de la catedral de cantera se pueden ver, ajenos al dolor, los jóvenes y niños que con sus familias pasan la tarde. Chapoteando unos en la fuente, echando novio otros sobre las bancas, no parecen muy entusiasmados por lo que se está desatando en el estado natal del presidente de la guerra. Tal vez no saben aún que son parte de “Mi tribu”, el poema de Alberto Blanco que recitó Eduardo Vázquez minutos antes de deshilar el rosario de tragedias sinfín.

Los caravaneros nos asomamos al abismo del infierno…

Mi tribu

De lago en lago,
de bosque en bosque:
¿cuál es mi tribu?
-me pregunto-
¿cuál es mi lugar?

Tal vez pertenezco a la tribu
de los que no tienen tribu;
o a la tribu de las ovejas negras;
o a una tribu cuyos ancestros vienen del futuro:
una tribu que está por llegar.

Pero si he de pertenecer a alguna tribu
-me digo-
que sea a una tribu grande,
que sea una tribu fuerte,
una tribu donde nadie
quede fuera de la tribu,
donde todos,
todo y siempre
tengan su santo lugar.

No hablo de una tribu humana.
No hablo de una tribu planetaria.
No hablo siquiera de una tribu universal.

Hablo de una tribu de la que no se puede hablar.
Una tribu que ha existido siempre
pero cuya existencia está todavía por ser comprobada.

Una tribu que no ha existido nunca
pero cuya existencia
podemos ahora mismo comprobar.

jueves, 2 de junio de 2011

In Memorian

Este día hace un mes se cumplio el terror que todas las madres tienen, el que algo terrible le pase a sus hijos.

Hoy, hace 30 días, mataron a nuestro amigo, tenía tansolo 33 años. Una bala, terrible bala, le dio en el rostro y en un momento, en un instante sin nmbre, dejó de existir.

Septiembre 10, 2005. Hoy fue el homicidio. Que horrible palabra: HOMICIDIO. La repito, homicidio,homicidio, homicidio y me estremece. Y aún así prefiero pensar que fue un homicidio imprudencial (estar en el lugar equivocado en el momento equivocado) a que fuese un asesinato.

Muerto. Ya no está.

Hay un gran hueco. Una gran soledad. El amigo tan querido ya no está. Pobre esposa, su hermana. Pobre su madre. Pobre nosotros, sus amigos. Pobresito Culiacán.
Cuanta sangre derramada.
Mucha de ella inocente.
¿Qué nos queda? ¿Orar, para que no se repita?.
y ami corazón qué le digo, si ya no está él, y tantos y tantos, tantos más.
¿Qué se hace, Señor, para erradicar la maldad?.

Cordura. Silencio. Justicia. Accion. Valores. Educacion.

¿Cuál es la palabra, la acción adecuada que hace volver a una sociedad al orden?
¿Qué se hace cuando uno intenta seguir con su vida, pero sabes que no vas a volver a escuchar, tocar, a reir con la persona que amas?
¿Cómo se vive, si nos alienta el horror, y el miedo y el dolor?
¿Qué se hace si queremos a esta nuestra ciudad, tan llena de dolor en la que vivimos?
Pobres familias heridas de muerte.
Pobresito culiacán.
Tendremos que repetir, lo que dice Rosy Palau en su poema, con ese grito de impotencia ante lo ineluctable de estos tristes acontecimientos que nos rebasan como sociedad civilizada: "Señor, de qué se muere la muerte, para matarla".



Para cuantas familias se repite esta historia en Sinaloa y en muchos otros estados del pais.

Esta es una nota de un peridico local del 2005 que encontre entre mis curiosidades y la comparto con ustedes maiceros.

lunes, 16 de mayo de 2011

Comprar, tirar, comprar.

El consumo y la obsolescencia, conceptos básicos de la teoría capitalista del crecimiento infinito...y del decrecimiento y acabose de los recursos naturales...


martes, 10 de mayo de 2011

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Este es un video documental que gracias al desvelo de esta noche, y a la calidad de la programación de canal once, pude conocer, y que ahora les comparto. Les aseguro que la fotografía es simplemente extraordinaria. Les solicito que no tomen en cuenta las sucias marcas comerciales que patrocinan este "greenwashing". La Gaia, en todo su esplendor. Saludos, maiceros.

http://www.youtube.com/watch?v=SWRHxh6XepM

lunes, 9 de mayo de 2011

México D.F. 8 de mayo de 2011

Con un mes de diferencia, la marcha por la paz arribó a donde todo siempre converge: la Ciudad de México. La herencia colonial que le endilgó a la antigua capital tenochca la maldición de ser siempre el punto desde donde el país se construye radialmente, persiste hasta la fecha. Y las marchas, lejos de ser la excepción, confirman este modelo.

Después de dos días de caminata desde la ciudad de la eterna balacera y con más 60 km a cuestas, los manifestantes encabezados por el ya famoso Javier Sicilia, decidieron reponer un poco más las baterías en el campamento de Ciudad Universitaria y retrasar su salida hacia el zócalo en hora y media; todo esto para mala fortuna de un maicero y de varios otros impacientes, apostados sobre el cruce de Eje Central Lázaro Cárdenas y Eje 7 A Emiliano Zapata en espera de la procesión. Qué coincidencias…

La delantera del río color blanco por fin se vislumbró saliendo de la curva donde Eje Central se empieza a dibujar desde su inicio en el “Circuito Bicentenario”, antes llamado Av. Río Churubusco. A partir de ahí sería caminar todo hacia el norte hasta llegar al primer cuadro de la metrópoli. La columna por fin arribó al citado crucero alrededor de las 1130 de la mañana. Los cuerpos de seguridad capitalinos aguardaron hasta el último momento - con la pericia que demuestra los años de experiencia en una ciudad donde los temblores y las marchas son igual de primigenios- , para cortar la circulación vehicular sobre el Eje Emiliano Zapata.

La fatiga en la faz del frente manifestante era explícita, mas la determinación a seguir lo era aún más. Ahí venían nuestros dolidos. Los del aberrante multihomicidio de Morelos. Los padres de la guardería ABC. Los de una familia de Monterrey que sigue sufriendo la desaparición de un hijo suyo, artista callejero, levantado por policías locales. Los de la familia Reyes de Chihuahua. Los migrantes centroamericanos que también están hasta la verdadera madre de ser tratados y ejecutados peor que perros. Los de Alvarado, Veracruz, que no vacilan en llamar “zeta” al exgobernador Fidel Herrera. Y más, muchos más.

Los adherentes no querían unirse a la manifestación hasta lograr reconocer el punto exacto por donde caminaba Javer Sicilia. Todos, incluido un maicero, quieren caminar a la par con él. “Mira, mira, ahí está el poeta”. “¿Ya lo viste? Es él, el de barba, él es Sicilia”. Cada dos o tres cuadras no falta el simpatizante trepado en el poste de semáforo que llama la atención de Sicilia para que sonría a la cámara. Otros se contentan con gritarle desde los balcones de los cuartos o quintos pisos: “¡no estás solo, Javier!”. “¡Gracias, Javier!”. Sí, hay mucho que agradecerle a Javier.

William y Kate no tuvieron que posar tanto. El poeta se ha convertido en una celebridad que este fin de semana le disputó los encabezados a la misma Lady Gaga. En la gasolinería localizada enfrente del monumento al general Cárdenas, en la colonia Doctores, ni siquiera le permiten echar una meada agusto. No bien había salido del retrete, un grupo de manifestantes venidas desde Guadalajara no le perdonó la obligada fotografía.

Pero Sicilia sabe muy bien que lo último que necesitamos es otro López Obrador. De cuando en cuando, con mucha sutileza, pronunciando dos o tres palabras, se escurre de la prensa y de los flashes. Javier solo es un caminante con mucho dolor.

Muchas otras personalidades se sumaron al esfuerzo ciudadano inconmensurable de caminar decenas de kilómetros para exigir justicia. El maestro Miguel Ángel Granados Chapa, escaso de estatura pero generoso en sabiduría, fue de los primeros en acercarse a mostrar su apoyo al movimiento. El experimentado comunicador Javier Solórzano también se adhirió con su bicicleta a la marcha: “la llevo a todos lados, como la computadora”, exclamó con pompa. Flora Guerrero, de la asociación cuernavacense ambientalista, Guardianes de los Árboles, aunque agotadísima, nunca soltó el lazo que delimitaba la zona de seguridad de la caravana. Sergio Aguayo, profesor investigador del Colegio de México, se metió como dolor de muela a un metro a la derecha de Sicilia. Eso sí, Aguayo siempre mostró cautela y reserva académicas ante las muestras “folklóricas” de otros movimientos adherentes.

Sin embargo, en la manifestación hay otras figuras menos reconocidas, pero quizás más necesarias. Al frente de la columna, todavía más adelante de Sicilia, caminaba un monolito. Un monolito que al medio trajo enclavada la bandera nacional, nuestro máximo símbolo patrio infamado con la sangre de 40 mil muertos y sabe Dios cuántos desaparecidos. Una roca que parece no necesitar la palabra –acaso en franco desprecio contra los abusadores de la palabra hueca, los miembros de la clase política- para decirlo todo: Julián LeBarón. Este hombre que ha trabajado la tierra con sus manos y que ha vivido lo indecible, tiene un extrañísimo halo de serenidad en su rostro, que a mi parecer no puede ser efecto de otra que cosa que la fe. La fe invencible que cree en sí misma que algún día habrá justicia para los hombres y mujeres dignos, muertos en su pueblo de Chihuahua y en el resto del país. Julián permanece de pie durante las 5 horas que un maicero acompañó la marcha. Se muestra agradecido cada que uno u otro curioso lo reconoce: “Julián, estamos contigo”. No sé si Julián cargaba a la bandera, o ésta lo cargaba a él.

Al contemplar esta fe imbatible reflejada en los rostros de Julián, Javier, el joven papá de la guardería ABC; al imaginarme un atisbo de lo que sus corazones han sufrido y que, sin embargo, éstos luchan férreamente por vivir en paz; al caminar junto a todos ellos, me he sentido pequeño. Tenemos mucho que aprender de nuestros dolidos.

Continuaremos…

sábado, 9 de abril de 2011

Cuernavaca, Mor. 6 de abril de 2011

“¡Estamos hasta la madre!” Ésta es la consigna que Javier Sicilia expresa en representación, sin temor a equivocaciones, de la inmensa mayoría de los mexicanos. En respuesta, el pueblo asqueado de tanta sangre salió a las calles.

La lista de agravios y la mala fama que Cuernavaca y sus pobladores han ganado a pulso (desde aquel día infausto en que los marinos mexicanos asesinaron a Arturo Beltrán Leyva –asesinar a un capo de la droga en nombre del prostituido “Estado de derecho” resulta bien visto) es interminable: un toque de queda impuesto por varias horas en la primavera del 2010, hace un año, que paralizó la actividad social y comercial de Cuernavaca y los municipios aledaños; el “orgullo” de engendrar monstruos adolescentes que son capaces de secuestrar, torturar, mutilar y ejecutar, como el internacionalmente conocido “Ponchis”, el niño sicario; y claro, los colgados del puente de la avenida Diana y del fraccionamiento Tabachines, que son lugar común en el imaginario del horror de los guayabitos.

Con 80 ejecuciones en lo que va de 2011, y mil quinientas desde el inicio de la administración de nuestro “góber Narco-Adame”, el homicidio atroz de 7 personas -4 de ellas jóvenes- el pasado 27 de marzo, entre las que se encontraba Juan Francisco Sicilia, hijo del poeta y periodista Javier Sicilia, fue la gota que derramó el vaso.

El pueblo no podía seguir en la pasividad.

La marcha del miércoles pasado es un respiro, una esperanza para todos los mexicanos. Más de 20 mil personas salieron a gritar “No más muertos” y otros muchos “No ma’s”, en el “paraíso” de la Eterna Primavera. Lo de paraíso ya no lo creería ni mi abuela. El contingente partió de la glorieta de la Paloma de la Paz a las 17 horas con 20 minutos, cosa que es mucho decir en un país de impuntuales. Desde el comienzo se sentía que no sería cualquier marcha. La primera parada, inexcusable, sería en los cuarteles de la 24ª. Zona Militar. Ahí Sicilia increpó, con justicia, a los militares. Nuestros aberrantes militares que han acumulado “daños colaterales”, violaciones y desapariciones cual si fueran dulces. La marcha prosiguió su trayecto con lentitud, pero sin pereza, hasta tomar la avenida Emiliano Zapata, antes coronada con la estatua del generalísimo de Anenecuilco que luchó por la tierra, y ahora extraviada en aras de la construcción de otro templo al dios concreto y al megadios automóvil. ¡Qué ironía!

Sobre avenida Zapata el que escribe se unió al maicero Centéotl, su novia Chol y el noble Milkey Chupipack. El entusiasmo en la manifestación se podía respirar y asir en el aire. Los contingentes de varias inclinaciones y filiaciones se hicieron escuchar. Los había de universidades particulares, sindicatos, preparatorias públicas, institutos de investigación. Una actriz mexicana, señora de edad, cuyo nombre no puedo recordar, esperaba prestísima la marcha desde su silla de ruedas. Hasta los “niños bien” y los gringos residentes o turistas bajaron con pancartas hacia el centro de nuestra capital. No podía ser de otra manera.

Los jóvenes dominaron la composición del escenario. Su energía, desbordante, nunca derivó en desmán ni atropello. Cantaban, corrían, bailaban, hacían ruido con las botellas de agua “Ciel” –una de las marcas propiedad de la más imperialista de todas. Lanzaban lo mismo “mueras” al gobierno que invitaciones a los curiosos: “¡La gente, consciente, se une al contingente!”. Y esto ocurría enfrente de la iglesia gótica de “El Calvario”, en la esquina de Morelos y Matamoros.

Los manifestantes parecían no querer dejar de caminar. Fuimos pocos los que nos paramos, por muy breves minutos, a tomar un descanso. La entropía acumulada, producto de esta estúpida “guerra contra el narco” que vivimos, era demasiada para descansar y desaprovechar la oportunidad de tomar las calles de Cuernavaca y alzar la voz. A partir de la glorieta de Tlaltenango ("tierra de murallas", cosa curiosa) el río de gente fue largo lo mismo hacia el norte que hacia el sur, la mirada solo alcanzaba para ver playeras blancas en esas direcciones.

A las tiendas de abarrotes y los infames Oxxo’s les fue muy bien vendiendo agua embotellada, pues los adherentes a la causa de la paz necesitaban rehidratarse ante el inclemente calor que nos ha azotado en fechas recientes.

El arribo de la columna manifestante a la Plaza de Armas, en el corazón de Cuernavaca, es una imagen preciada que guardaré todos los días de mi vida. Los edificios antiguos del zócalo, gigantes mudos, también marcharon: sirvieron de cuerpo macizo para el eco de nuestras consignas. Al bajar por el punto donde las avenidas No Reelección y Matamoros se convierten en Galeana, justo enfrente del Teatro Ocampo, la piel se me hizo de gallina: ¡no tenemos atole en la venas! Los boleros del zócalo y otros curiosos, recargados sobre las bancas cubiertas de estiércol de paloma, nos regalaban una tímida sonrisa. Estábamos recuperando algo: un poco de nuestra ciudad, un poco de nuestra dignidad, un poco de nuestra humanidad.

Sicilia ya se encontraba apostado en la principal plaza del estado, listo para dar el último y definitivo discurso de la gran marcha. No puedo imaginarme en sus zapatos. Imaginarme la responsabilidad sobre los hombros de un poeta convertido por la fuerza de la barbarie en luchador social. Nos agradeció. Nos invitó. Nos reprendió. “De nada sirve tirar a Calderón si estamos podridos, vendrá otro y será lo mismo”. “Somos los únicos responsables de rehacer el tejido social de esta nación, que está totalmente desgarrado”. Vaya tarea que nos ha dejado.

Compañeros de otros agravios, de otras infamias, dijeron palabras pertinentísimas en el estrado. Tal fue el caso de un padre muy joven, o mejor dicho, un joven que le arrancaron la dicha de ser padre, una de las tantas víctimas del caso de la guardería ABC. “Hoy es una tarde hermosamente triste, porque mucha gente salió a marchar por algo, salió a marchar porque hay muchos muertos pendientes”. Nada más 35 mil y contando.

Cuernavaca puso el ejemplo. Es la primera marcha que tiene esta convocatoria, nacional e internacional, desde que los dueños del país desataron este teatro de la violencia y el salvajismo en 2007. Acaso la originada por el crimen de Fernando Martí, hijo del empresario Alejandro Martí , sea equiparable. Pero esta es la primera vez que “los de aquí” lideramos a “los de allá” –el DF. Para Cuernavaca, en definitiva, es un hecho sin precedentes, insólito.

Es evidente que falta mucho por hacer. Muchas marchas por venir. Muchísimas heridas que sanar. Esta marcha no se puede quedar sola. Primero lo primero: que esclarezcan el asesinato de Juan Francisco Sicilia y de ahí pasando por todos los demás crímenes: los de la familia Reyes, la familia Escobedo, los de la ABC, los de Pasta de Conchos, los de las muertas de Juárez, las narcofosas; y así hasta acabar con esta maldita guerra que nos asfixia. No es un sueño guajiro. Tampoco es mucho pedir. ¿Acaso no podemos acabar con lo mínimo, con la despreciable impunidad?

Sí se puede, si los guayabitos nos sacudimos la pachorra, todos los mexicanos podemos empezar a sacudirnos todo lo demás. Que el país entero se inunde de marchas.

lunes, 4 de abril de 2011

Carta abierta a los políticos y a los criminales. 3 REVISTA PROCESO / ABRIL 2011. JAVIER SICILIA

El brutal asesinato de mi hijo Juan Francisco, de Julio César Romero Jaime, de Luis Antonio Romero Jaime y de Gabriel Anejo Escalera, se suma a los de tantos otros muchachos y muchachas que han sido igualmente asesinados a lo largo y ancho del país a causa no sólo de la guerra desatada por el gobierno de Calderón contra el crimen organizado, sino del pudrimiento del corazón que se ha apoderado de la mal llamada clase política y de la clase criminal, que ha roto sus códigos de honor.
No quiero, en esta carta, hablarles de las virtudes de mi hijo, que eran inmensas, ni de las de los otros muchachos que vi florecer a su lado, estudiando, jugando, amando, creciendo, para servir, como tantos otros muchachos, a este país que ustedes han desgarrado. Hablar de ello no serviría más que para conmover lo que ya de por sí conmueve el corazón de la ciudadanía hasta la indignación. No quiero tampoco hablar del dolor de mi familia y de la familia de cada uno de los muchachos destruidos. Para ese dolor no hay palabras –sólo la poesía puede acercarse un poco a él, y ustedes no saben de poesía–. Lo que hoy quiero decirles desde esas vidas mutiladas, desde ese dolor que carece de nombre porque es fruto de lo que no pertenece a la naturaleza –la muerte de un hijo es siempre antinatural y por ello carece de nombre: entonces no se es huérfano ni viudo, se es simple y dolorosamente nada–, desde esas vidas mutiladas, repito, desde ese sufrimiento, desde la indignación que esas muertes han provocado, es simplemente que estamos hasta la madre.
Estamos hasta la madre de ustedes, políticos –y cuando digo políticos no me refiero a ninguno en particular, sino a una buena parte de ustedes, incluyendo a quienes componen los partidos–, porque en sus luchas por el poder han desgarrado el tejido de la nación, porque en medio de esta guerra mal planteada, mal hecha, mal dirigida, de esta guerra que ha puesto al país en estado de emergencia, han sido incapaces –a causa de sus mezquindades, de sus pugnas, de su miserable grilla, de su lucha por el poder– de crear los consensos que la nación necesita para encontrar la unidad sin la cual este país no tendrá salida; estamos hasta la madre, porque la corrupción de las instituciones judiciales genera la complicidad con el crimen y la impunidad para cometerlo; porque, en medio de esa corrupción que muestra el fracaso del Estado, cada ciudadano de este país ha sido reducido a lo que el filósofo Giorgio Agamben llamó, con palabra griega, zoe: la vida no protegida, la vida de un animal, de un ser que puede ser violentado, secuestrado, vejado y asesinado impunemente; estamos hasta la madre porque sólo tienen imaginación para la violencia, para las armas, para el insulto y, con ello, un profundo desprecio por la educación, la cultura y las oportunidades de trabajo honrado y bueno, que es lo que hace a las buenas naciones; estamos hasta la madre porque esa corta imaginación está permitiendo que nuestros muchachos, nuestros hijos, no sólo sean asesinados sino, después, criminalizados, vueltos falsamente culpables para satisfacer el ánimo de esa imaginación; estamos hasta la madre porque otra parte de nuestros muchachos, a causa de la ausencia de un buen plan de gobierno, no tienen oportunidades para educarse, para encontrar un trabajo digno y, arrojados a las periferias, son posibles reclutas para el crimen organizado y la violencia; estamos hasta la madre porque a causa de todo ello la ciudadanía ha perdido confianza en sus gobernantes, en sus policías, en su Ejército, y tiene miedo y dolor; estamos hasta la madre porque lo único que les importa, además de un poder impotente que sólo sirve para administrar la desgracia, es el dinero, el fomento de la competencia, de su pinche “competitividad” y del consumo desmesurado, que son otros nombres de la violencia.
De ustedes, criminales, estamos hasta la madre, de su violencia, de su pérdida de honorabilidad, de su crueldad, de su sinsentido.
Antiguamente ustedes tenían códigos de honor. No eran tan crueles en sus ajustes de cuentas y no tocaban ni a los ciudadanos ni a sus familias. Ahora ya no distinguen. Su violencia ya no puede ser nombrada porque ni siquiera, como el dolor y el sufrimiento que provocan, tiene un nombre y un sentido. Han perdido incluso la dignidad para matar. Se han vuelto cobardes como los miserables Sonderkommandos nazis que asesinaban sin ningún sentido de lo humano a niños, muchachos, muchachas, mujeres, hombres y ancianos, es decir, inocentes. Estamos hasta la madre porque su violencia se ha vuelto infrahumana, no animal –los animales no hacen lo que ustedes hacen–, sino subhumana, demoniaca, imbécil. Estamos hasta la madre porque en su afán de poder y de enriquecimiento humillan a nuestros hijos y los destrozan y producen miedo y espanto.
Ustedes, “señores” políticos, y ustedes, “señores” criminales –lo entrecomillo porque ese epíteto se otorga sólo a la gente honorable–, están con sus omisiones, sus pleitos y sus actos envileciendo a la nación. La muerte de mi hijo Juan Francisco ha levantado la solidaridad y el grito de indignación –que mi familia y yo agradecemos desde el fondo de nuestros corazones– de la ciudadanía y de los medios. Esa indignación vuelve de nuevo a poner ante nuestros oídos esa acertadísima frase que Martí dirigió a los gobernantes: “Si no pueden, renuncien”. Al volverla a poner ante nuestros oídos –después de los miles de cadáveres anónimos y no anónimos que llevamos a nuestras espaldas, es decir, de tantos inocentes asesinados y envilecidos–, esa frase debe ir acompañada de grandes movilizaciones ciudadanas que los obliguen, en estos momentos de emergencia nacional, a unirse para crear una agenda que unifique a la nación y cree un estado de gobernabilidad real. Las redes ciudadanas de Morelos están convocando a una marcha nacional el miércoles 6 de abril que saldrá a las 5:00 PM del monumento de la Paloma de la Paz para llegar hasta el Palacio de Gobierno, exigiendo justicia y paz. Si los ciudadanos no nos unimos a ella y la reproducimos constantemente en todas las ciudades, en todos los municipios o delegaciones del país, si no somos capaces de eso para obligarlos a ustedes, “señores” políticos, a gobernar con justicia y dignidad, y a ustedes, “señores” criminales, a retornar a sus códigos de honor y a limitar su salvajismo, la espiral de violencia que han generado nos llevará a un camino de horror sin retorno. Si ustedes, “señores” políticos, no gobiernan bien y no toman en serio que vivimos un estado de emergencia nacional que requiere su unidad, y ustedes, “señores” criminales, no limitan sus acciones, terminarán por triunfar y tener el poder, pero gobernarán o reinarán sobre un montón de osarios y de seres amedrentados y destruidos en su alma. Un sueño que ninguno de nosotros les envidia.
No hay vida, escribía Albert Camus, sin persuasión y sin paz, y la historia del México de hoy sólo conoce la intimidación, el sufrimiento, la desconfianza y el temor de que un día otro hijo o hija de alguna otra familia sea envilecido y masacrado, sólo conoce que lo que ustedes nos piden es que la muerte, como ya está sucediendo hoy, se convierta en un asunto de estadística y de administración al que todos debemos acostumbrarnos.
Porque no queremos eso, el próximo miércoles saldremos a la calle; porque no queremos un muchacho más, un hijo nuestro, asesinado, las redes ciudadanas de Morelos están convocando a una unidad nacional ciudadana que debemos mantener viva para romper el miedo y el aislamiento que la incapacidad de ustedes, “señores” políticos, y la crueldad de ustedes, “señores” criminales, nos quieren meter en el cuerpo y en el alma.
Recuerdo, en este sentido, unos versos de Bertolt Brecht cuando el horror del nazismo, es decir, el horror de la instalación del crimen en la vida cotidiana de una nación, se anunciaba: “Un día vinieron por los negros y no dije nada; otro día vinieron por los judíos y no dije nada; un día llegaron por mí (o por un hijo mío) y no tuve nada que decir”. Hoy, después de tantos crímenes soportados, cuando el cuerpo destrozado de mi hijo y de sus amigos ha hecho movilizarse de nuevo a la ciudadanía y a los medios, debemos hablar con nuestros cuerpos, con nuestro caminar, con nuestro grito de indignación para que los versos de Brecht no se hagan una realidad en nuestro país.
Además opino que hay que devolverle la dignidad a esta nación.